Un viaje a Barcelona (III) Un paseo matinal.

Escrito el Sunday, 22 October 2006

    ¶ Mi esperanza de encontrar una habitación libre a pesar de lo temprano de la hora se ve frustrada. Adiós a poder cambiarme esta ropa que, sospecho, debe tener pegado el particular olor que suelen dejar los expresos. Adiós también a la reconfortante ducha aunque logre hacerme el avío al recomponer un tanto mi persona en uno de los cuartos de baño del hotel. De vuelta a la recepción, tras informarme del tiempo que hace, tomo un mapa de la ciudad, una guía de eventos culturales y me echo a la calle.

    En realidad el mapa no lo necesito, pero me gusta llevarlo por si acaso. Claro que «acaso» puede traer las consecuencias más inesperadas; pero eso, ahora, no es más que un recuerdo amargo que no hace al caso. En cuanto a la agenda cultural ojeo brevemente la oferta de exposiciones mientras me echo a andar por la Avinguda Roma abajo, en dirección al centro. Mis primeros pasos por Barcelona van guiados por el hambre: voy a la busca de un bar donde poder desayunar pues hace diez horas que no pruebo bocado. No tendré suerte a la hora de elegir el local. Apenas me ha servido el té, el bollo de crema y el vaso de agua, el dueño se enfrasca en una trifulca con un proveedor por su irregularidad a la hora de presentar las facturas para su abono. Por suerte me he sentado en la barra y no en una mesa y abrevio el desayuno. Mientras me cobra me guardo uno de los sobres de azúcar en el bolsillo de la camisa para enriquecer la colección de mi casera.

    Con el hambre saciada y el bandullo caliente pienso sino debería descender hacia el mar, pero me dejo llevar por la ―¿o se dirá el?― Carrer de Aragó al encuentro de los olmos primula, u olmos siberianos que la embellecen. Les tengo cariño a estos árboles que son metáfora y al tiempo evocación de dulces recuerdos. Me alegra ver como han crecido en estos últimos años hasta el punto que las raíces de alguno de ellos ya es capaz de quebrantar las losetas de la acera. Sin embargo, como el otoño va retrasado, encuentro sus hojas todavía verdes y no teñidas de ese color fuego que anuncia su próxima caída.

    Más abajo está la Fundació Tàpies. Me tienta echarle un ojo, intentar una aproximación a su obra que siempre me ha causado desagrado, con excepción de aquella vez en la cual mi buena amiga Maria me reveló el cielo nubloso que constituye el embrollo de alambres que coronan su fachada. La encontraré cerrada: aún es demasiado pronto y paso de largo conformándome con la evocación de ese instante que me hace pensar en que la incomprensión nace de la ignorancia y la falta de imaginación.

    Así, ocioso, me llego hasta la Iglesia de la Concepción. La encuentro abierta y sin dudarlo entro. Lo que me cautiva de este lugar es su claustro. Lo descubrí por casualidad durante mi primera estancia en Barcelona. Desde entonces es uno de mis parajes favoritos y siempre me reservo un tiempo para llegarme hasta aquí. Hoy una vez más, como tengo por costumbre, me siento en unos de los bancos que hay pegados a la iglesia. Es hermoso escuchar el sonido de las campanas al dar las horas, abandonarse a esta calma gótica reubicada en medio del bullicio del Eixample barcelonés. Contemplar al perezoso sol de esta mañana de octubre, cuyos rayos apenan acarician el tejado del claustro. Es sábado y la ciudad se despereza con lentitud.

    Mis ojos descansan en el pequeño jardín: la pareja de magnolios cuajado de piñas que pronto se pudrirán para que afloren las rojas pepitas llenas de vida, las distintas palmeras, y, sobretodo, el apacible chorro del agua tintineando contra la piedra. Aunque a través de las puertas de la iglesia llegan ecos de cantos gregorianos yo me quedo con ese tintinear de la fuente cuyo chorro es un rumoroso árbol de ramas cristalinas. Uno, en esta calma, se pierde en una dicha que le colma. ¡Cuánto placer me ha reportado reposar mis fatigas físicas y espirituales en la serenidad de este claustro!

    El pensamiento es voluble, un deseo que se deja fecundar por esta serenidad. De aquí surgirán otros frutos; lo sé, pero esta vez la Concepción me tiene deparada una sorpresa inesperada:

    Atraído por la megafonía gregoriana me decido a entrar en la iglesia. Como hay algunos feligreses dispersos, a pesar de no haber oficio, no deambulo mi curiosidad, y me limito a sentarme en uno de los bancos para dejar que mi mirada vague por ese espacio aunque finalmente se sienta atraída por el icono de una virgen que se encuentra en uno de los laterales. Luego, picado por la curiosidad tomo uno de los cantorales de la misa dominical que se encuentran dispersos por los bancos. Hojeándolo encontraré en él unos versos reveladores y cuya traducción no creo necesaria:

    «Deu-nos un cor obert a la Paraula,

som una terra on heu sembrat.

Deu-nos un cor obert a tots els homes

per compartir el pa ì l’amistat».

≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈

2 Comments en 'Un viaje a Barcelona (III) Un paseo matinal.'

  1.  
    Durrell
    28 October 2006 | 11:11 am
     

    Ha sido una renovada y fresca mirada a las formas de Barcelona para los que vivimos en ella. Muchas gracias. ¿Hay más capítulos?

    Un saludo afectuoso.

  2.  
    30 October 2006 | 12:34 am
     

    Sí, espero poder subir nuevas anotaciones el próximo fin de semana.

    Otro abrazo.

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