Un libro de viajes.

Escrito el Monday, 12 September 2011

            Un verano del milenio pasado fui a pasar la última quincena de agosto a las playas de Pals, que probablemente sean las menos bravas de toda la Costa Brava, con el permiso de las del golf de Roses. Lo malo es que arribé con un dolor de garganta que, gracias a la alianza del Clamoxil con algún virus, acabó degenerando en una gastroenteritis vírica tan virulenta ―creo recordar que llegué a perder casi quince kilos en algo más de una semana― que hasta tuvieron que llevarme a las urgencias del hospital de Palamós. Fue en aquellos días de enfermedad, sumido en una consunción febril, arrostrando un régimen de jamón de York, arroz cocido y manzana, sentado en una tumbona en el jardín,  que era todo lo más que podía alejarme de la casa para poder llegar a tiempo al cuarto de baño, pues a pesar de dieta tan dura mi cuerpo se negaba a aceptar los alimentos; cuando me leí, trajinando litros y más litros de zumo de limón aguado, «El gran bazar del ferrocarril» de Paul Theroux, lo cual resulta irónico pues yo había adquirido el tomo no para leerlo tumbado tranquilamente sino a los lomos traqueteantes de un vagón de ferrocarril. El autor narraba, si mal no recuerdo un viaje en tren que, comenzando por Turquía, recorría toda Asia, excepto Afganistán país ―¿único en el mundo?― que no tiene ningún kilómetro de vía férrea,  para acabar en Vietnam. Aquel viaje por paisajes que nunca me han seducido, y en el cual yo buscaba una inspiración, supuso finalmente un consuelo y una escapatoria en aquella quietud forzada por la enfermedad.

            Como soy de la opinión que ciertos libros imprimieron su huella, no sólo por sí mismos, sino por el instante en el cual uno los leyó; y entre mis hábitos no se encuentra el masoquismo, no he vuelto a releer el viaje asiático de Theroux. A veces lo cojo, lo hojeo, pero al final lo vuelvo a dejar en el anaquel, temiendo que su lectura, a pesar de su calidad literaria, no me reporte aquella liviandad febril causada por la enfermedad. En aquellas noches de consunción mi mente calenturienta repetía el mismo sueño: Cogía un expreso nocturno ―hoy lamentablemente casi ya desaparecidos por completo― cuyo destino no coincidía con el billete que yo llevaba, para mi propia irritación, incapaz de contemplar tranquilamente unos paisajes fosforescentes que cruzaban más allá de la ventana, y la del revisor quien acababa por hacerme bajar en una estación desierta, donde cambiaba el billete pero siempre en vano, pues al montarme en el siguiente tren, la historia volvía a repetirse con el mismo resultado.

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