Reflejo.

Escrito el Wednesday, 11 November 2009


           Un puñetazo. Te rompes en mil pedazos pero tú no lo sientes. A partir de ese instante dejas de ser pero tu esencia permanece intacta, teñida, eso sí, con algún que otro goterón rojo. Ese rojo vital que forma parte del ser y que ahora fluye por la vía de escape que puede resultar fatal si no se comprime y se desinfecta la herida. Es una consecuencia inesperada. Lo imprevisto suele acontecer cuando se da rienda suelta a la rabia, aunque casi nunca llegue la sangre al río. Sólo que hoy fue diferente y tú pagaste los platos rotos. Tú que no tenías culpa de nada ―no se te puede echar en cara la indiferencia― y menos ahora que yaces en el suelo, convertido en calidoscopio de una perplejidad, de ese desaliento que le llevó a golpearte, a ti, que no eras más que el reflejo fiel de un rostro abotargado por el insomnio y nada más. Porque la piel seduce, pero es impermeable y aquel rostro no tenía otra expresión sino la del sueño, y tú se lo mostraste, sin honduras cierto, pero no por ellos menos desnudo. Faz anodina… acaso espejo del alma. ¿Qué alma?

            Tormento.

            Desolación.

            Debería ir a por gasas y esparadrapo, pero tu ser hecho añicos, pecoso a fuer de esa hemorragia tenue, pero incesante lo cautiva. Más allá del instante fatídico los fragmentos de ambos se precipitan en una búsqueda del dolor fecundo. ¿Quién es en realidad: Nada esperando ser, caos primigenio. Aguardando, siempre aguardando, desde hace más de medio siglo. Un abismo y una nadería, una palpitación, veloz, hipertensa. La sombra de la vejez se cierne. El cansancio de una noche que encierra la resaca oscura, de la náusea.

            Te golpeó porque ya no era él, porque tú, amigo fiel, le mostraste un rostro irreconocible que no era el suyo de siempre, el cotidiano, sino otro completamente diferente.

            Espantajo.              

Esperpento.

Saberse extraño a uno mismo conduce a la desesperación. Por eso armó el brazo y descargó el fatídico golpe. Porque incluso en el reflejo, el más neto, el más puro, quería seguir siendo él mismo y no soportó que el otro se adueñara de su voz y le espetara con gesto legañoso:

«Esta mañana estamos bien jodidos chaval».

 

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