Un paseo por Madrid

Escrito el Friday, 14 November 2008


            El día ha salido primaveral aun yendo mediado noviembre. Es una de esas mañanas perezosas de sábado que invita al paseo y no quiero desaprovecharla sobre todo porque me gusta disfrutar de esa primera luz solar enredándose en las hojas ruborizadas de castaños y robles que pueblan el Retiro.

En las sendas del Parque me dejo extraviar, aunque mi memoria es un hilo de Ariadna donde el laberinto sólo es un deleite. Pero el Minotauro existe, aunque ahora descansa tras un festín nocturno cuyos restos: un bolso, un monedero despellejado, una libretita de notas, una caja de polvos, una bolsa de pañuelos y un pintalabios, descubriré entre unos setos.

            Salgo por la Puerta de Alcalá convertida en una pantalla gigante de propaganda del día internacional de la diabetes y me viene a la cabeza mi antiguo médico de cabecera para quien hasta un esguince era culpa del tabaco; y cuanto más se empecinaba él con sus malas maneras para que dejara el vicio, más callaba y fumaba yo, convirtiéndome así en «un coleccionista de factores de riesgo para padecer un accidente cardiovascular.»

Ojeo el escaparate de Hiperión que está frente a la embajada francesa y sigo mi camino. Atraviesa el Paseo de Recoletos como quien cruza un río infestado de peces carnívoros dispuestos a devorarme y me alejo una vez más del bullicio de las grandes arterias internándome por Bárbara de Braganza. Echando un vistazo al escaparate de Robinson pienso en las palabras de Kleist frente a una marina de Friedrich, impotente para ir más allá. Más adelante está Antonio Machado. Luego vuelvo sobre mis pasos para ir a Gaudí, donde se amalgaman lo militar, el arte y lo ferroviario. Una especialización caprichosa que probablemente sea fruto de las aficiones de su dueño.

Más hacia el oeste está Paradox y el puesto que queda a la espalda de los vetustos baños públicos de Alonso Martínez. Nunca he tenido claro si en esta edificación alfonsina cobra forma el principio taoísta del yin y el yan o la fina ironía de algún alcalde de turno que sus sucesores, gracias sean dadas por ello, no se decidieron a derribar.

Desciendo por Hortaleza donde Milagros reinstaló su Berkana tras ser víctima de la codicia de un arrendador sin escrúpulos a quien nada le importó que ella fuera una de las impulsoras con su negocio de la revitalización de Chueca. Más allá Baroja, con el desencanto de lo pragmático, y Galdós, con el atractivo de toda vetusta leonera, comparten espacio el uno frente al otro. La Gran Vía sigue siendo el hervidero de gente que no sabe caminar: asoma en sus aceras el Madrid embrutecido con anteojeras autómatas embotados de ideas fijas. Por eso tomo Desengaño, ―¿habrá nunca nombre más acertado para una calle?― la siniestra paralela que queda a mi derecha. Cloaca de desecho donde las viejas putas comparten esquina y competencia con las jóvenes inmigrantes. La mujer teñida de rubio que incluso en los días más crudos del invierno capitalino exhibía sus generosas tetas de gruesos pezones tras un jersey de malla ha desaparecido. Su lugar lo comparten ahora mujeres de ultramar con sus  matices irisados de piel negra, y alguna que otra matrioska desportillada.

Tras dejar atrás la Plaza de la Luna donde reinan los chinos con sus variopintos bazares, desciendo por Estrella, paraje ideal para los cinéfilos, hasta dar a San Bernardo. Miro las fachadas pero no logro reconocer aquella donde un día, el dueño de un hostal me contó que la mesa sobre la cual yo diligenciaba mi trabajo, era la misma que hacía más de un siglo usara Don Benito Pérez Galdós. No sé porqué pero tuve la impresión que quería deshacerse de aquella mesa y debió ver en mí a un posible e incrédulo comprador dispuesto a pagar una fortuna por una mentira.

El viejo edificio donde Fuentetaja tenía su sede está desventrado y los andamios soportan su fachada hueca. Mientras desciendo hacia la Plaza de España me pregunto si regresará algún día a su antiguo emplazamiento o también ella será víctima de la especulación urbanística. Para quitarme la melancolía de mis últimos pasos doy una vuelta por el templo de Debod y me detengo a contemplar el oleaje pinoso de la Casa de Campo que tantas veces me consoló en mi deseo por estar frente a la mar. Ahora que vivo junto a ella, sigue sosegándome la vista con su vasto horizonte que se quiebra en las nítidas estribaciones de la Sierra de Guadarrama.

Tras alcanzar en El Aleph el equinoccio de mi periplo, emprendo el regreso por Bailén dejando mi vista descansar como un turista cualquiera, ora ante la fachada del Palacio Real, ora por los jardines de la Plaza de Oriente. Para no amargarme con ese horror de catedral que más habría valido demoler y construirla de nuevo me pierdo por el tobogán de callejuelas que configuran el Madrid austríaco, donde abundan bares y tabernas en las que hacer parada sin fonda a reponer fuerzas. Tras un par de vermús con soda y unas gambas a la plancha me alejo de mayores tentaciones por Puerta Cerrada y Colegiata. En Tirso de Molina giro a la derecha para adentrarme por uno de los barrios más renombrados de la capital.

Lavapiés, que aún conserva uno de los pocos baños municipales con los que cuenta la Villa y Corte, es un barrio de cuyo espacio lo castizo se ha ido esfumando lentamente hasta casi convertirse en objeto de museo. Pero curiosamente, ahora que sus callejuelas han sido compartimentadas por un mestizaje de razas impermeables entre sí como el agua y el aceite, sólo los paisanos ―divididos entre ancianos y jóvenes, sin término medio― parecen porosos a esta mezcla estanca de gentes venidas de otros mundos.

Fue aquí donde descubrí hace años que los fantasmas existen y como si quisiera que no me olvidara de ello, me encuentro con uno en la bulliciosa calle de Argumosa. Le sonrío para que no ignore que le he reconocido pero sin cruzar saludo alguno con él, pues es cosa sabida que no suele traer nada bueno hablar con un espectro. No obstante, una vez que hemos pasado el uno junto al otro en silencio siento esa quemazón extraña en el espinazo cuando intuyo que alguien me mira; pero resistendo la tentación de volver la vista atrás y convertirme en estatua de sal sigo mi camino. Para arrancarme de estos espejismos, al final de la calle, está la Libre-Ría de Lavapiés, una tienda que, sólo por su nombre merece la pena visitar y entrar a formar parte de esa media docena de curiosos que suelen atiborrar el pequeño local.

A pesar de sentir las extremidades ya fatigadas, aún tengo fuerzas para subir la Cuesta de Moyano. Es extraño, pero todavía me sigo sintiendo incómodo al echar un vistazo a las casetas y sigo prefiriendo ojear los libros que se muestran en las mesas al aire libre. También aquí las cosas han cambiado. Ya no se ven tantos tomos desventurados como antaño, se ven más libros nuevos y algunas casetas se han especializado. Por fortuna los libreros de viejo de toda la vida no se han perdido. Ahí sigue a mitad de la cuesta, como un agujero negro, el claro que con su mal genio sembró esa bruja menuda cuyo nombre no logro recordar y a la que conozco desde que era un niño. En todos esos años no ha cambiado nada, es como si conociera el secreto de la eterna decrepitud. Creo que esa es la razón por la cual sé que llegará un día en que echaré de menos su trato antipático.

Aún me queda volver a perderme por las sendas del Retiro, apurando mi última pipa, antes de regresar a casa, pero al coronar la cuesta de Moyano sé que mi paseo ha concluido. Si escribí este texto un tanto aburrido fue porque  cuando contemplé la cosecha de libros he caído en la cuenta que mis pasos no eran tan vagabundos como yo creía, sino que estaban guiados por estos hitos que mi afición por la lectura convirtieron en postas para recorrer la capital.

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