Leyendo a Vila-Matas (VI)

Escrito el Thursday, 2 October 2008


            Hay días en los cuales llego antes a trabajar. La rutina es la misma de siempre: encender los electrodomésticos y echar un vistazo rápido a lo que hay pendiente. Pero luego, en lugar de sentarme me llego hasta la orilla del río y allí me paso el rato que otros emplean en tomar el primer café. Miro las barcas, el curso de las mareas, el vuelo de gaviotas, chorlitejos y cormoranes, pero también los trenes cuando cruzan con paso lento –la vía está en obras- por el puente tendido para salvar la ría. Me gusta sobre todo el contraluz de sus figuras contra el sol legañoso. Siempre me ha cautivado ver pasar los trenes. De pequeño Aita me llevaba a las distintas estaciones de Madrid. Mi favorita era la del Norte, la de Príncipe Pío hoy reconvertida en mercado. Recuerdo como me atraía oír silbar a las locomotoras de vapor, sus resoplidos titánicos, el vapor blanco inundando los andenes, la lentitud de las vielas al ponerse en movimiento y aquel estremecerse último de hierros encadenados al echar a traquetear Quizás ahí resida una de las razones por las cuales lamente la desaparición de los expresos nocturnos.  También me gustaba ver pasar el tren de La Robla desde aquel puente de piedra, siempre con esa angustia vital de saber –tan estrecho me parecía el arco entonces- si el tren lograría pasar por debajo o si por el contrario se lo llevaría por delante y a mí con él. Hacía novillos para ir a ver maniobrar los vagones de mercancías en los apartaderos de Atocha donde un día, un maquinista me invitó a subir a su locomotora y tras una rápida lección, me dejó conducirla. Recuerdo la noche de primavera que pasé refugiado en un vagón de mercancías de un convoy apartado en una vía muerta de una estación de la Alcarria, porque la sala de espera estaba cerrada, y hacía un frío que pelaba y lo combatimos con una botella de ginebra de la marca Sparring que cauterizó nuestras gargantas de adolescentes para siempre.

«Y en la nueva vida ver pasar los trenes» escribe Vila-Matas; pero no sólo verlos pasar, montarse en ellos, dejarse llevar hasta donde la propia curiosidad o los caprichos del taquillero nos quieran conducir.

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