Dos lecturas sobre Praga.

Escrito el Sunday, 11 May 2008

            Estoy sentado en la terraza de un bar. Se trata de uno de esos veladores cubiertos tan característicos de esta zona para resguardar a los clientes de los vientos. Me gustan estos días irlandeses en lo que todo, menos el viento, que hoy sopla de levante, es incierto; días en los cuales uno lo mismo puede sentir a la humedad abrazándole el tuétano que el calor dejarle sin aliento, ver unas nubes bajas y negras que no amenazan, simplemente descargan un chaparrón tan breve como intenso, y luego dejan paso a un cielo de un azul pálido y cegador al que sucederán otros nubarrones sin que uno sepa muy bien de donde han salido.

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La feria del libro de Cádiz celebra este año su vigesimoctava edición. El lugar: el Baluarte de la Candelaria, una antigua estructura militar reconvertida en espacio de encuentros. En el lugar donde, en otro tiempo debían estar emplazados los cañones para la entrada de la bocana del puerto, están ahora los anaqueles repletos de libros. A diferencia de Madrid, aquí los libreros, están a salvo de las inclemencias del tiempo. Con todo, el espacio es tan reducido como el número de participantes, así que no empleo mucho tiempo en verla. Tampoco encuentro algo que me llame la atención. De hecho, me habría ido de vacío si mis ojos no hubieran reparado, por casualidad, en la imagen crepuscular de la fortaleza de Praga que ilustraba la portada de un volumen que tomé por una guía de la capital checa. Su título «Imágenes de Praga» de John Banville. En un día irlandés, una mirada al azar dio con un escritor irlandés –además de apreciado- que escribía sobre la que probablemente sea la ciudad más mágica que conozco. Pecar era inevitable.

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Cuando me senté en la terraza del bar, mi intención no era otra que descansar un rato y reponer un tanto las energías, pero en cuanto leí el «Caveat Emptor» que abría el volumen mientras esperaba que me sirvieran la jarra de cerveza y la tapa de puntillitas que había pedido, tuve el presentimiento que quedaría atrapado en esas páginas, hasta el punto de perder la noción del tiempo. Cuando lo recuperé estaba a la mitad del libro y apenas me quedaban los minutos justos para llegar a la estación antes de la salida del último tren de vuelta a casa.

El libro de Banville, ya lo advierte el autor, no es una guía al uso, sino media docena de recuerdos y evocaciones personales sobre la ciudad, su devenir y con ella el de sus habitantes, para transmitirnos esa imagen de supervivencia mágica, de doncella, pero también acaso bruja, que logra salir aún más embellecida frente a los desaires del tiempo o la historia.

Hay autores que imprimen su pátina sobre ciertos parajes. Uno sabe que si visita tales lugares es bastante dudoso que pueda hallar la capa externa de ese barniz, pero ineludiblemente estará ahí, acechando, como una segunda mirada que estuviera por encima del hombro propio, con la sorpresa de lo inesperado. Si Alejandría tiene a Durrell, Dublín a Joyce o San Petersburgo a Gogol, Praga tiene dónde elegir: Kafka, Meyrink, Hasek, Seifert, el menos conocido Leo Perutz, o ese Angelo Maria Ripellino quien, como si se tratara de un alquimista o un buscador de tesoros para un nuevo gabinete rudolfino, los recopila -junto a otros muchos desconocidos por estos lares-, en un libro delicioso titulado «Prága mágica».

La visión de Ripellino, a fin de cuentas un palermitano que se entregó a la ciudad porque, como él mismo escribió:«Praga no suelta a ninguno de sus capturados» se deja sentir una y otra vez en el libro de Banville incluso desde el primer aviso cuando escribe:«Las ciudades ejercen una fascinación fuerte y extraña, pero ninguna más extraña ni más fuerte que el influjo de Praga en el corazón del viajero que siente añoranza, pero añoranza no de su lugar de origen sino de la ciudad a orillas del Moldava que ha dejado atrás. Al regresar siente que nunca se ha alejado, pero aun así también se siente culpable de desmemoria, abandono, infidelidad.»

En uno y en otro, como si de un teatro negro o de sombras se tratara, la memoria juega un papel decisivo, pero inevitablemente fragmentario, para intentar desentrañar o evocar la capital checa. Así mientras el irlandés escribe: «La memoria es un mural inmenso, animado, en el que el tiempo ha causado estragos», para añadir luego en una nota: «A veces no nos queda otro remedio que preguntarnos si la memoria es una facultad del engaño más que del recuerdo»[i], el siciliano por su parte dice: «Briznas de recuerdos lucientes se agolpan como espejitos rotos amontonados a bulto dentro de un cuévano. Los iré sacando de uno en uno, y con tantos añicos que a duras penas encajan trataré de evocar la inalcanzable efigie de la ciudad del Moldau»[ii]

Por último una última frase de Banville quien al hablar del padre de Johannes Kepler escribe: «(…)los abandonó por completo para marcharse a los Países Bajos a combatir con los malandrines del Duque de Alba» Un texto escueto que me parece vuelve a revelar que el hombre no tiene mucha simpatía, como ya he puesto de manifiesto en otras ocasiones, por la piel de toro y sus gentes. Él sabrá porqué.

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[i] John Banville.-«Imágenes de Praga». Traducción de Fabián Chueca. Herce.

[ii] Angelo Maria Ripellino.-«Praga Mágica». Traducción de Marisol Rodríguez. Seix & Barral.

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