Sobre el 2 de mayo.

Escrito el Friday, 2 May 2008

            La historia es más o menos conocida. Tras las victorias de Jena sobre los prusianos y de Austerlitz sobre el ejército coaligado austro-ruso, Napoleón había conseguido con la paz de Tilsit contener a sus enemigos en el este y podía dedicarse a Inglaterra. Pero la derrota de Trafalgar le obligó a sustituir el plan original de la invasión por el bloqueo continental. El problema fue que Portugal, aliado de los británicos, se negó a seguirlo, rechazando un ultimátum del emperador francés.  Napoleón, tras firmar un pacto en Bayona con Godoy donde se acordaba la repartición del reino de Portugal, obtuvo permiso para que sus tropas atravesaran España y así, el 17 de octubre de 1807 Junot cruzaba el Bidasoa camino de Lisboa, ciudad que ocuparía el 30 de noviembre de ese año, mientras la corona portuguesa buscaba refugio en Brasil.

            A principios de 1808 en las altas esferas el emperador es consciente de las desavenencias dentro de la propia familia real española, de las que decide sacar partido, Las tropas francesas en España ascienden a 24.000 hombres que ocupan los puntos estratégicos. Su comportamiento -Napoleón había obligado a sus ejército a vivir sobre el terreno- causa irritación entre los paisanos. La tensión va en ascenso. En marzo Aranjuez se amotina contra Godoy. En abril la familia real acude a Bayona al encuentro con el corso para representar una de las más vergonzosas escenas de la historia.

            El 2 de mayo los madrileños, con la excusa del traslado del menor de los infantes hacia la ciudad gala, se levantan contra los franceses siendo reprimidos brutalmente por Murat, a la sazón jefe de las tropas francesas. Acaba de dar comienzo lo que en España se denomina como Guerra de la Independencia, Francia llama Guerra de España y británicos y portugueses conocen como Guerra Peninsular.

Para entonces Napoleón ha obtenido para su hermano José la corona de España. Sus ejércitos se encargarán de apoyarlo sin que él se comprometa directamente en la campaña hasta que las derrotas de Dupont a manos de Castaños en Bailén, -soberbios los españoles hicieron grabar en sus banderas el lema «A los vencedores de los vencedores de Austerlitz-, de gran repercusión internacional al demostrar que el ejército francés podía ser derrotado; y de Junot en Vimiero a manos del futuro Duque de Wellington, con la huída del rey José más allá del Ebro le obliguen, en noviembre a cruzar los Pirineos. El 9 de ese mes saqueará Burgos, el 27 sus ejércitos derrotan a los españoles en Somosierra y el día 3 de diciembre, toma Madrid que tan sólo se le ha resistido un día.

            A partir de ahí España se convertirá para Napoleón en una úlcera donde aparte de soldados franceses se desangrarán tropas suizas, polacas, de la Confederación del Rhin, de Frankfurt der Meno, de Cleve-Berg, de Coburg-Saalfed, de Lippe, de Westfalia, Baden, Nassau y Hesse-Darmstadt, holandesas, italianas y napolitanas, hannoverianas, prusianas e irlandesas. Como esta historia es motivo de orgullo chovinista -¿Más allá de Torres Vedras estuvieron los portugueses o Arthur Wellesley, más conocido por su alias de Duque de Wellington, en España?- no creo que al lector que se extravíe por estos lares le importe mucho que el mapa esté en cirílico.

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 Mi opinión personal cuando hecho un vistazo a estos últimos doscientos años de historia es que, a partir del 1808 se inicia un período convulso que recibe distintos nombres. La Guerra de la Independencia, las guerras carlistas, los variados pronunciamientos y levantamientos, las asonadas diversas, el pistolerismo de todo pelo, encubren en realidad un estado de guerra civil que alcanzaría su culmen con la única que al final, como si este país se hubiera decidido de una vez a afrontar la realidad, acabaría llevando tal nombre

            Si cuento todo esto es porque la Comunidad de Madrid ha puesto en marcha una exposición con motivo del bicentenario del Levantamiento del 2 de mayo y que lleva el subtítulo «Un Pueblo, Una Nación». El otro día volví a ver el anuncio de dicha exposición, ya no en la televisión sino en la página de Canal de Isabel II http://www.madrid2demayo.es/prensa/video4/  y tuve la certeza de que en ningún momento se mentaba a los franceses como invasores. Porque el mensaje no puede ser, por nítido y claro, menos subliminal y más partidista: Frente al enemigo -así, en general- unidad, unidad de vascos, gallegos, catalanes, andaluces… que se alzaron todos juntos por «…su libertad, nuestra libertad».

            A Esperanza Aguirre le basta con su mayoría en el parlamento madrileño y el respaldo dentro de su partido, para hacer y deshacer a su antojo sin sutileza alguna en la Comunidad y manipular los medios de comunicación bajo su control siguiendo el aserto de Dostoievsky, recogido por Goebbels de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad, con rigidez staliniana. Quien crea que es exageración debe recordar que no dudó en defenestrar al fiel Germán Danke, tras entrevistarla. Tampoco hay que olvidar que, durante los días de la campaña electoral, cuando Gallardón era un alcalde dimisionario –el deseo de ser presidente al final ha sido demasiado poderoso- hizo desaparecer de Telemadrid, como si nunca hubiera existido, toda alusión al mismo.

A uno personalmente no le cabe la menor duda que la mano de Aguirre está tras el mencionado anuncio de la exposición sobre el 2 de mayo, en esa manipulación tendenciosa de atraer hacia sí el ascua de la historia sostenida sobre esfumatos que lo único que hacen es acomodar la realidad al propio punto de vista, tergiversándola.

Porque lo cierto es que esa unidad de la que hace gala la Comunidad de Madrid no fue tal. No deja de ser llamativo que los afrancesados en España durante los convulsos años de finales del siglo XVIII y principios del XIX, sea uno de los temas más oscuros de nuestra historia, y es que salir derrotado es algo perdonable, pero derrotado y vendido al pérfido francés, es un atentado contra el honor patrio, y quienes así obraron pueden ser ninguneados. Dicho de esta manera puede parecer irónico pero no lo es. Después de todo, estos personajes son una mácula en ese concepto de unidad contra el invasor francés y, por ende, al mensaje de unidad nacional que, desde el subterráneo subtitulo de la exposición se pretende enviar al ciudadano: «Un pueblo, una nación.» Un mensaje por otra parte tan poco sutil como la Presidenta de la Comunidad de Madrid, pues recuerda inevitablemente el siniestro… bueno, supongo que una imagen vale más que mil palabras.

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 Da miedo pensar en el pozo negro en el que puede sumirse España si esta mujer llegara algún día a gobernarla.

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