Tinterillada

Escrito el Wednesday, 7 November 2007

Oía a la mujer zumbando en derredor suyo. Era la primera vez en toda su vida que prestaba atención a ese zumbar. Aunque maravillado al reconocer el significado que encerraba cada sonido, no pudo evitar que una mueca de asco le subiera a la cara.

Cariño ¿Te importa si no vamos a la entrega?

Le habría gustado preguntar en voz alta la pregunta, pero ya sabía la respuesta. Ella ni siquiera entraría en el dormitorio con cara inquisitiva tratando de saber si se había vuelto loco. Sabía que por el contrario, quizás mientras se colocaba los pendientes, se limitaría a echarle un vistazo y luego seguiría su camino -nunca entendería el mariposeo de las mujeres a la hora de acicalarse- no sin antes preguntarle «¿Porqué? amor, ¿Ten encuentras mal? No, tienes buena cara. No puedes dejarte llevar por tus prontos y menos hoy que hasta viene el Ministro.»

El Ministro, así, en mayúscula. Imaginó el salón árabe y a aquel chiquilicuatre del ramo tendiéndole el premio, bien doblado y envuelto en cinta balduque de seda, para después soltar el consabido discurso del compromiso del gobierno con la cultura. Vana palabrería, por fortuna. Le sobrecogió un escalofrío pensando si llegase un día en el cual a uno de aquellos arribistas le diera por hacer realidad contra viento y marea sus palabras.

Detrás de ellos estarían un montón de prebostes desconocidos que aplaudirían aquellas palabras hueras y otro montón de gente del gremio que aplaudirían rabiosos… y razón no les faltaría. Bien pensado qué era «Tinterillada». Un montón de cuentos escritos semanalmente a lo largo de una década y que, al amparo del anonimato de varios alias, fue colgando en un foro donde la gente concursaba por ser el mejor de la semana. La mueca amarga volvió a su rostro -aunque en su interior pretendía ser una sonrisa burlesca- al pensar que nunca ganó, ni una sola vez, incluso haciendo trampas.

Guardaba una copia de cada uno de ellos. Más de medio millar de hojas. Todo un otoño. Seguramente habría formado parte del legado de su obra inédita de no haber aparecido aquel editor novel cuya perseverancia acabó por desquiciarle. No se le ocurrió mejor manera de quitárselo de en medio que rescatar aquella carpeta, hacer unas pocas correcciones y entregársela a aquel joven con el inconfesable deseo de que su mamotreto lo llevara a la ruina. Por desgracia, -nunca se le dio bien planear estrategias- su plan volvió a resultar un fiasco. No sólo había creado un nuevo monstruo, de lo cual nunca se arrepentiría bastante, sino que «Tinterillada» se había vuelto contra su creador otorgándole una fama que él detestaba tanto como disfrutaba su mujer.

Ésta entró en el dormitorio mientras se ponía los gemelos.

—¿Cómo estoy?

La miró el tiempo justo para que el muy hermosa no sonara a embuste. A lo mejor le faltó convicción o quizás a ella no le importara su opinión, o quizás le conociera demasiado.

Pero ¿todavía estás así? Llegaremos tarde y no eres ninguna novia para andar con tales descortesías. Anda, levántate de la cama, que te haga el nudo de la corbata.

Se dejó hacer sin perder de vista el tan habilidoso como misterioso tejemaneje de las manos de su mujer. ¿Dónde había aprendido a anudar corbatas? Nunca se lo había preguntado. Daba por hecho que en todo matrimonio debe haber zonas de sombra que es mejor no iluminar pues la verdad, como el sol, puede provocar ceguera.

Estoy orgulloso de ti. No todo el mundo puede lograr sus sueños -concluyó ella sin apartar ni un momento la vista del nudo, en el que depositó un golpe final, como una rúbrica.

Ponerse la americana era lo último. Se palpó los bolsillos tratando de asegurarse que no olvidaba nada. Estaba listo. Sólo faltaba el último vistazo frente al espejo del vestidor. Él miró con asco la sinceridad de aquel reflejo que no hacía sino rubricar la verdad que encerraban las palabras de su mujer. Comprendió que toda su vida era una vulgar guadramaña, porque eso es lo que encierran todos los sueños, una impostura a lo que nunca se prestaba atención porque normalmente se presentaba de noche, a hurtadillas, cuando el cuerpo yacía rendido e indefenso.

Se desnudó y haciendo oídos sordos a las razonables pataratas de su mujer para hacerle entrar en razón, se encerró en su escritorio y se puso a escribir.

5 Comments en 'Tinterillada'

  1.  
    26 February 2015 | 2:46 am
     

    That hits the target pelceftry. Thanks!

  2.  
    5 April 2015 | 3:25 am
     

    Real brain power on disaply. Thanks for that answer!

  3.  
    27 April 2015 | 12:59 pm
     

    Superb information here, ol’e chap; keep burning the midnight oil.

  4.  
    29 April 2015 | 9:30 am
     

    A rolling stone is worth two in the bush, thanks to this article.

  5.  
    16 May 2015 | 1:00 am
     

    Intelligence and simplicity - easy to understand how you think.

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