Extraños en un tren.

Escrito el Wednesday, 31 October 2007

Hace algunos años, cuando todavía el elepé era el rey de la música grabada, un conocido me regaló la “Missa Solemnis” de Ludwig van Beethoven. Ese obsequio fue además la excusa perfecta para pasar una velada adentrándome en el mundo, para mí entonces desconocido, de la música clásica. Fue una conversación que aún sigue dando sus frutos cada vez que asisto a un concierto o escucho alguna pieza nueva, aunque las palabras dichas entonces las olvidé, o al menos eso creí hasta que hace unos días una señora en el tren vino a desempolvarlas.

Allí en la soledad del vagón a esa hora crepuscular de las tardes de otoño en la que uno parece perdido, trabamos conversación para ahuyentar el vacío que se cernía más allá de las ventanillas y la soledad que envolvía el interior de nuestro coche. Así, sin otras estridencias que las propias del traqueteo del convoy cuyo rechinar en los cambios de agujas parecía marcar el tema de nuestra conversación entre lo trivial y lo profundo, fuimos a dar en determinando momento con Beethoven.

Recordé entonces cierta anécdota que mi amigo me contara en aquella ocasión y la repetí más o menos como la recordaba: el compositor, que por aquel entonces andaba ya sordo, terminó por encerrarse en su casa a terminar la partitura para disgusto de su servidumbre y preocupación de sus amigos a los que su fiel ama de llaves, entre firme y asustada se negaba a franquear la entrada. Si embargo los camaradas siguieron porfiando hasta que lograron burlar la vigilancia de aquella buena mujer. Cuando entraron en la casa pudieron escuchar a Ludwig, encerrado en su despacho, aullar literalmente fragmentos de su Missa Solemnis, mientras golpeaba rítmicamente el suelo con los pies. Aquello asustó a los visitantes quienes tomaron la determinación de marcharse en silencio. Pero justo en ese instante se abrió la puerta y Beethoven apareció en el quicio, despeinado y con el rostro alterado. Superada la sorpresa inicial ante la intrusión de sus amigos, Ludwig, tras despotricar contra su servicio poniendo de manifiesto el hambre acumulada durante su encierro, comenzó a dar cuenta de cómo había pasado los últimos días envuelto en una fiebre creativa arrebatadora.

Al terminar de contar la anécdota, la imborrable sonrisa de mi interlocutora, que invitaba a las confidencias, se elevó hasta romper en una alegre carcajada. Sin advertir que con ella minaba la vehemencia que había puesto en resaltar la voluntad del compositor para llevar a término su obra, me preguntó si creía de verdad que la inspiración fue la verdadera razón por la cual Beethoven se había encerrado en su despacho a componer. Le repliqué cuál otra sino podía ser. Ella por toda respuesta me preguntó si sabía que a Ludwig no le gustaba el salmón.

Ante mi interrogante silencio la mujer, tras acariciar mi rodilla con su mano y decirme que no me estaba tomando el pelo, sin apartar por ello sus ojos de mi glabra cabeza, volvió a recostarse y me contó su variante de la historia: Al parecer Beethoven, al regresar a su casa decidió retomar la composición de la mencionada Misa. Sin embargo, para sorpresa suya no encontró la partitura. Debió remover Roma con Santiago todo el estudio pero la composición siguió sin aparecer. Entonces fue a la cocina donde estaba su “fiel ama de llaves” y le preguntó por el paradero de la partitura. “Aquella buena mujer” en un principio negó haberla visto. La cosa seguramente habría terminado ahí si Ludwig van no hubiera reparado en ese momento en el salmón que el ama de llaves se disponía a preparar. En realidad se fijó, no tanto en el pez, como en el papel que lo envolvía y en el cual Beethoven reconoció el papel pautado de su obra. Para desgracia del amo de la casa, la grasa del salmón había emborronado los compases lo que debió irritar sobremanera al compositor quien, arrugando aquellos pliegos ya inútiles, no obstante tuvo la suficiente sangre fría para preguntar a la desgraciada qué había hecho. Aunque amedrentada pero convencida de su inocencia la ignorante mujer respondió que no habiendo encontrado periódico alguno para envolver el pescado, no se le ocurrió mejor cosa que tomar la partitura, la cual, por estar abandonada sobre el piano y emborronada con unos rasgos incomprensibles e ilegibles para todo buen cristiano, tomó por papel inservible.

La mujer no me contó que ocurrió después. Simplemente calló, dejó que la imaginación volara durante un risueño instante y luego, tras confesarme que lo del salmón era una ocurrencia suya, me preguntó:

¿Crees que de verdad sabemos cuáles son las verdaderas razones que inspiran a un artista?

≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈

2 Comments en 'Extraños en un tren.'

  1.  
    4 November 2007 | 11:06 pm
     

    Bueno, cuando te conté la anécdota era con queso… Al parecer, el ama de llaves de Beethoven pensó que unas de las partituras había sido desechada al estar hecha una pelota y la aprovechó para envolver el queso. Cual no sería la sorpresa de la buena señora cuando el maestro montó en cólera cuando supo que la partitura había sido utilizada para fines de conservación alimentaria. Sobre la cabeza del ama de llaves volaron candelabros, libros, todo tipo de objetos arrojadizos y dicen que hasta un sofá…

    En fin, las cosas de los genios.

  2.  
    Alberto Vallejo
    4 November 2007 | 11:29 pm
     

    Mi querida Alicioshka, ya sabes que la memoria es una escultora muy suya y hace de la debilidad imaginación creativa..
    Por lo demás en un alarde de vanidad te confesaré que, aunque las propias fuerzas todavía están para ir por ahí arrojando sillones, puedes estar tranquila: que uno prefiere no arriesgarse -por muy genio que sea y tenga- a quebrarse la espalda con la vulgaridad de una hernia.

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