Magris y una lectura

Escrito el Wednesday, 28 February 2007

Entre medias de «Flores Azules» de Raymond de Queneau, leo en el Culturas de la Vanguardia que el pasado mes de diciembre Claudio Magris estuvo en Girona y que le llevaron a pasar un día a Cerbere donde visitó el paisaje de los últimos días de Walter Benjamín: desde su última residencia, un hotel en derribo a causa de la aluminosis, a la tumba y el monumento en su recuerdo. En este recorrido se trenzaba otro de los nudos de la telaraña, más complejo pues se hilaba sobre otros ya existentes.

Ignorantes el uno de lo que hacia el otro, mientras Magris se fotografiaba en la estación de Cerbere, yo leía su último libro «A ciegas», una novela que versa sobre los condenados, sobre los sin suerte, sobre quienes a sabiendas o inconscientemente, se equivocaron al creer que estaban en el momento justo en lugar adecuado. Una novela en la cual la mar juega un papel preponderante a medio camino entre Conrad y Stevenson.

Primero leí «He amado la mar más que a la mujer antes de comprender que son lo mismo.»[1] Más tarde al pasar la hoja, como quien dobla una esquina, encontré aquellas tres líneas que me dejaron paralizado. Me quedé con la mirada perdida reflejándome en el espejo. Tuve la impresión, como si fuéramos dos buenos contertulios en un café nebuloso, que el bueno de Claudio estuviera sentado frente a mí, y tras escuchar la sucesión de mis recuerdos hubiera sabido definir la esencia de los mismos.

Algo parecido me sucede con Queneau. En el fondo en ambos libros se usa el mismo recurso, todos son uno y al mismo tiempo los demás y viceversa, pero lo que en Magris resulta grave y hondo en aquél está cargado de humor. Ni que decir tiene que la casualidad jugó de nuevo su papel y así hizo que en las primeras hojas de la novela de Queneau volviera a encontrar una referencia que de nuevo, durante un buen rato, me trajo a la memoria felices recuerdos que se sucedían inaprensibles entre las encinas de la dehesa que atravesaba en ese momento.

Si la revelación fue un rayo, la comprensión fue el trueno. Pero lejos de quedar anonadado sentí como el alma henchía mi cuerpo, y es que evocar los instantes de felicidad pasados siempre deja un regusto de melancolía. Pero como suele suceder con el buen café, ese amargor desaparece para que permanezca el sabor del recuerdo, a sabiendas que uno posee una memoria reconfortante capaz de sacarle del atolladero en los momentos de apuro.

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[1] Claudio Magris.-«A ciegas». Traducción de J.A. Gonzalez Sainz. Anagrama

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