Tres variantes sobre un mismo tema.

Escrito el Friday, 27 July 2007

Quiso la casualidad –siempre la casualidad-, que en un plazo corto de tiempo leyera por este orden estos tres libros: «Elizabeth Costello» de Coetzee, -por recomendación de una conocida, como ya quedó constancia en estas notas- «Viajes por el Scriptorium» de Auster –a causa de la atracción fatal del título- y «Lecciones de baile para mayores» de Hrabal que adquirí en un saldo de títulos de la editorial Metáfora especializada en autores del antiguo Bloque del Este. Son tres títulos unidos en mi memoria porque, en determinado momento, se planteaban una misma situación que, dado su distinto planteamiento, cada uno de los autores desarrollaba y resolvía de una manera completamente diferente.

Quien primero aborda la cuestión es Auster. Su protagonista es un anciano, Mister Blank, con problemas de memoria que se encuentra en una habitación aséptica. Casi al principio de la novela entra en dicho cuarto una mujer, Anna que, tras departir con él, se dispone a asearle, cuando la esponja recorre sus partes pudendas Mister Blank sufre una erección. A partir de aquí dejemos que sea el escritor norteamericano quien tome la palabra.

«Míster Blank se maravilla de que incluso a su avanzada edad el miembro siga manteniendo el comportamiento de siempre, manifestando la misma disposición desde su ya remota adolescencia. Desde entonces han cambiado mucho las cosas, pero eso no, desde luego que no, y ahora que Anna ha puesto la manopla en contacto directo con esa parte de su cuerpo, lo siente endurecerse y llegar a su máxima extensión, y mientras ella sigue frotando y pasándole el paño empapado de agua jabonosa, apenas puede contenerse para no dar un grito y suplicarle que termine de una vez la faena.

Hoy estamos un poco retozones, Míster Blank, observa Anna.

Eso me temo, murmura él con los ojos aún cerrados. No puedo evitarlo.

Cualquiera que estuviese en su lugar, se sentiría muy orgulloso. No todos los hombres de su edad siguen…, siguen siendo capaces de esto.

El caso es que no tiene nada que ver conmigo. Ese aparato parece que tiene vida propia.

De pronto, la manopla se traslada a su pierna derecha. Antes de que Míster Blank pueda acusar su decepción, siente que la mano de Anna empieza a deslizarse a lo largo de su pene, en plena erección y bien lubricado. Ella continúa pasándole el paño con la mano derecha, pero emplea la izquierda en esa otra tarea, y en el mismo momento en que sucumbe a los expertos cuidados de esa mano izquierda, Míster Blank se pregunta lo que ha hecho para merecer tan generosa atención.

Jadea cuando le brota el semen con fuerza, y sólo entonces, una vez concluido el acto, abre los ojos y se vuelve hacia Anna. Ya no está sentada al borde la bañera sino arrodillada en el suelo frente a él, limpiando la eyaculación con la manopla. Tiene la cabeza inclinada, por lo que no puede verle los ojos, pero de todos modos se echa hacia delante y le acaricia la mejilla izquierda con la mano derecha. Anna levanta entonces la cabeza, y cuando sus miradas se encuentran ella le dirige otra de sus tiernas y afectuosas sonrisas.

Eres muy buena conmigo, le dice.

Quiero que sea feliz contesta ella.»[1]

Coetzee desarrolla la misma situación en la lección quinta de su libro, titulada: «Las humanidades en África». La anciana protagonista que da nombre a la obra viaja hasta Zululandia para encontrarse con su hermana, una misionera a quien una universidad va a conceder un título honorario. Coetzee aprovecha este encuentro para poner de manifiesto, a través de las discrepancias entre ambas hermanas, el enfrentamiento entre la religiosidad monoteísta cristiana y el humanismo pagano.

A su regreso del viaje Elizabeth, a manera de carta a su hermana, evoca un recuerdo: Cuando cuenta cuarenta años, visita en un geriátrico por recomendación de su madre a un amigo de esta, el señor Phillips, que, deprimido tras detectársele un cáncer de laringe, se ha retirado a su cuarto, y a quien debe intentar levantar el ánimo. En cierta manera lo logra al conseguir que el señor Phillips, pintor aficionado, vuelva a tomar los pinceles posando para él. Admirado por la belleza de la mujer

«Luego escribió algo en su cuaderno y me lo llevó. No debió de serle fácil escribir aquello. «Me habría encantado.»Pasado condicional. Pero ¿qué quería decir? Tal vez quisiera decir «Me habría encantado pintarte cuando todavía eras joven», pero no lo creo. «Me habría encantado pintarte cuando yo todavía era un hombre»: eso es más probable. Mientras me enseñaba lo que había escrito vi que le temblaba el labio. Sé que no hay que darle demasiada importancia a los labios temblorosos y los ojos llorosos en la gente mayor, pero…

Sonreí, traté de animarlo y volví a mi pose. Él regreso a su caballete y todo volvió a ser como antes, salvo que me di cuenta de que ya no estaba pintando, simplemente estaba allí con el pincel secándosele en la mano. Así que pensé –y por fin llego a donde quería-, pensé «Qué demonios», y me quité el chal. Me lo quité con un movimiento de los hombros, me quité el sujetador y lo colgué del respaldo de la silla. Luego dije: «¿Qué tal Aidan?».

«Pinto con el pene.» ¿No dijo eso Rendir, el mismo que pintaba aquellas mujeres rollizas y de piel cremosa? Avec ma verge, un sustantivo femenino.Bueno, pensé, a ver si podemos despertar la verge del señor Phillips de su sueño profundo. Y me volví a poner de perfil mientras las palomas seguían a lo suyo en los árboles como si no estuviera pasando nada.

No sé si funcionó, si el espectáculo de mi cuerpo semidesnudo reanimó algo en él o no. Pero noté todo el peso de su mirada en mí, en mis pechos, y francamente estuvo bien. Yo tenía cuarenta años, había tenido dos hijos y no eran los pechos de una mujer joven, pero aun así estaba bien, lo pensé entonces y lo sigo pensando ahora, en aquel lugar de decadencia y muerte. Una bendición.

Al cabo de un rato, mientras las sombras del jardín se alargaban y la tarde refrescaba, me volví a poner decente.»

«No hay nada más humanamente hermoso que los pechos de una mujer. Nada más humanamente hermoso, más humanamente misterioso que la razón por la cual los hombres quieren acariciar sin cesar, con pinceles, cinceles o manos, estas bolsas de grasa extrañamente curvadas, y nada más humanamente atractivo que nuestra complicidad (me refiero a la complicidad de las mujeres) con su obsesión»

Aquí se acaba la carta, lo que Elizabeth desea contar a su hermana, pero no el recuerdo, lo que permite a Coetzee ahondar más profundamente en la tensión generada, y lo hace del siguiente modo, cuando el pintor ha empeorado y agoniza.

«Pero hay un sábado en el que, un poco más animado y alegre que de costumbre, el anciano le pasa el cuaderno y ella lee el mensaje que le ha escrito de antemano: «Tienes unos senos preciosos. Nunca los olvidaré. Gracias por todo, amable Elizabeth».

Ella le devuelve el cuaderno. ¿Qué puede decir? «Despídete de lo que has amado.»

Con una fuerza tosca y huesuda, él arranca la página del cuaderno, la arruga y la tira a la cesta. Luego se lleva un dedo a los labios como diciendo: «Nuestro secreto».

«Qué demonios», piensa ella por segunda vez. Va hasta la puerta y pasa el pestillo. Se acerca al pequeño armario donde él cuelga su ropa y se quita el vestido y el sujetador. Luego regresa a la cama, se sienta a su lado donde él pueda verla bien y vuelve a adoptar la pose del cuadro. «Un regalo –piensa-. Hagámosle un regalo al viejo. Animémosle el sábado.» (…) Después de esto, hay que ocultar esos pechos, tal vez para siempre. Así que podría terminar aquí con esa pose que se prolonga unos buenos veinte minutos»

«Pero de hecho continúa un poco más, unos cinco o diez minutos, y esa es la parte que no puede contarle a Blanche. Continúa lo bastante como para que ella, la mujer, ponga una mano despreocupada sobre la colcha y empiece a acariciar muy suavemente el lugar donde debería esta el pene, si el pene estuviera todavía con vida y despierto. Y luego, al no haber respuesta, aparte las colchas y desanude el cordón del pijama del señor Phillips, un pijama de franela de viejo como ella no ha visto en muchos años –no pensaba que todavía se encontraran en las tiendas- y lo abra por delante y le dé un beso a la cosilla totalmente flácida y se la meta en la boca y la remueva hasta que cobra un poco de vida. Es la primera vez que ve vello púbico encanecido. Qué tonta ha sido al no pensar que eso sucedía. A ella también le pasará con el tiempo.»

«En cuanto a ella, Elizabeth, inclinada sobre el viejo saco de huesos con los pechos colgando, manipulándole el órgano de reproducción casi extinto, ¿qué nombre le darían los griegos a un espectáculo así? Eros no, está claro. Demasiado grotesco. ¿Ágape? No, seguramente tampoco. ¿Quiere decir eso que los griegos no tenían ninguna palabra para eso? ¿Habría que esperar a que llegaran los cristianos con la palabra adecuada: caritas?»[2]

Por último, el tío Pepe, es el protagonista de la novela del autor checo. Peculiar sujeto Hrabal rescribe los recuerdos de su peculiar tío que le permiten narrar con desenfado la agonía del Imperio Austrohúngaro, como si se tratara de la pérdida de su Edén particular, y lo hace tratando de ajustar su estilo literario al narrativo de tales recuerdos. Pero llegado al epílogo el tío Pepe cede su voz en primera persona al narrador que nos describe la siguiente escena:

«El sol se iba acercando a la línea del horizonte y la señorita Camila estaba subida en una escalera de mano, comía unas cerezas y sonreía al anciano de abajo, que todos los días le trae un ramo de rosas, sustraídas en jardines ajenos, y le promete que volarán juntos de Viena a Budapest, para enseñarle todos esos lugares en los que había estado en los tiempos del Imperio Austriaco, y que luego tomarán juntos el expreso con destino a Prostejov y visitarán la enorme tumba negra del proveedor imperial Weinlich, en cuya empresa había trabajado, que también irán en coche hasta el pueblo de Kokory para visitar la casita natal del célebre Rimský, quien nada temía en este mundo y así se abrió paso al reino que está en los cielos; sonreía y miraba al anciano, que tiene a su familia en un ¡ay!, porque rehúsa asearse, de manera que, aprovechando la lluvia, le dan una lecherita y lo mandan al otro extremo del pueblo a por la leche con la esperanza de que le caiga un poco de agua; un anciano al que le falla la memoria y se acuesta con la ropa de calle puesta, que incluso ahora, con todo este calor, lleva tres pares de pantalones con un chándal debajo y los bajos tan deshilachados, que parece una paloma calzada zureando; un anciano que tiene los zapatos llenos de barro y se pone los calcetines con tanta habilidad, que los agujeros de los superiores no se solapan con los agujeros de los que lleva debajo; un anciano del que sus familiares dicen que fue tremendamente tímidos, hasta huidizo, que en tiempos tuvo grandes problemas de úlcera y a quien las mujeres solían tomar el pelo y reírse de él; pero que es un acompañante caballeroso y está lleno de sentimientos nobles hacia ella, que, subida como estaba en la escalera de mano con los últimos rayos de sol y, cuando detrás de ella destellaba el río, en el que una mujer con pañoleta roja llevaba un montón de heno en una barca, de pronto dio el sía a una idea que en un principio la impresionó; y empezó a descender de la escalera, apoyando el pie en un travesaño tras otro, hasta llegar con sus pantalones cortos abajo, a las seis cestas de cerezas recogidas esa misma tarde, continuó caminando hasta la casita de madera, cogió un balde y, apartando la tapa del pozo, lo sacó lleno de agua fresca; luego levantó las manos, se soltó la blusita manchada con el jugo de cerezas, se desabrochó el botón del pantalón corto y, sacudiéndose la ropa, se subió la blusita para arriba, mientras el pantalón caía para abajo, y desnuda se fue a un claro, rodeado de árboles frutales, y empezó a lavarse, y el anciano, que se había pasado toda la tarde contándole historias, en ese instante quedó como fulminado, su rodilla doblada, presa de unas manos anudadas, mirando más allá de ella, hierático, arrebatado, tierno, mientras ella le hacía ese regalo que solamente una mujer puede hacer a un hombre, lavándose, a la caída del día, para unos ojos emocionados…»[3]

Son tres testimonios que a pesar de su distinta profundidad y calado nos plantean a un hombre que, ya caduco, adopta un papel pasivo. Que cada cual elija el que más le guste.

≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈ ≈



[1] Paul Auster.- «Viajes por el Scriptorium». Traducción de Benito Gómez Ibáñez. Anagrama. Barcelona.

[2] J. M. Coetzee.- «Elizabeth Costello». Traducción de Javier Calvo. Mondadori. Barcelona.

[3] Bohumil Hrabal.- «Lecciones de baile para mayores.» Traducción de Jitka Mlenjkova y Alberto Ortiz. Metáfora. Madrid.

10 Comments en 'Tres variantes sobre un mismo tema.'

  1.  
    ecume
    4 August 2007 | 4:50 pm
     

    Hay una escena, creo que es en “Novecento” en que el anciano, el cabeza de una familia burguesa, está en las cuadras. Una cría está por allí limpiando y él la llama, se baja la bragueta y lleva a la niña a su sexo, viendo que su verga no reacciona el anciano se da por muerto, aparta a la niña y se pega un tiro…

  2.  
    Alberto Vallejo
    31 August 2007 | 6:22 pm
     

    Dejando de lado los contextos de textos y película, podría entenderse que existe una notoria diferencia entre hombres y mujeres a la hora de afrontar la relación edad-sexo -brutal en aquellos y mucho más sensible en estas ultimas. Pero no hay que olvidar que los autores de todas estas escenas, son hombres.

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