Una visita a Alcalá en Henares.

Escrito el Sunday, 11 March 2007

Último sábado de enero. Hace frío: la temperatura de la capital es de cinco grados a las diez de la mañana cuando tomo el tren. Al bajarme en Alcalá de Henares el termómetro ha descendido un grado por debajo de cero. Es entonces, al no encontrarla, cuando me doy cuenta que he olvidado en casa la nota con el camino a seguir para no extraviarme en la ciudad. Por fortuna a la salida de la estación hay una previsora oficina de turismo que ofrece un plano orientativo a los viajeros madrugadores que se adelantan a la hora de apertura. Me basta con echarle un vistazo a los nombres de las calles para recuperar el hilo extraviado que, en esta ocasión, no era de Ariadna sino de Alicia.

Me echo a andar por el Paseo de la Estación. Sería una calle vulgar de no ser por el hotel de Laredo. A primera vista recuerda al modernismo pero las fachadas laterales tamizan de neoárabe esa primera impresión. La amalgama que en su día debió parecer -imagino- un tanto abigarrada en medio de aquellos descampados, hoy resulta atractiva incluso cercada por el pragmatismo sin concesiones de la arquitectura urbana actual. Doy una vuelta en derredor a la manzana que ocupa la finca para atisbar un jardín abandonado y descuidado. Lo más curioso es la veleta: en el hierro está ensartado un dragón negro.

Lamentando no haber traído conmigo la cámara sigo andando. Bordeo un muro entre cuyos ladrillos se han ido ensartando un conjunto de placas con nombres de personalidades que por aquí debieron pasar a cursar estudios. Algunos -los más antiguos y los más modernos- me resultan conocidos. De los otros, los que me son completamente ajenos, no dejo de preguntarme cuántos de ellos cayeron en el olvido. Son preguntas sin respuesta con los cuales uno entretiene la marcha antes de doblar la esquina de aquel muro que corresponde a la facultad de Derecho cuya fachada principal da a la calle Libreros. De éstos no queda nada. Son otros comercios más pragmáticos los que ocupan los locales. Picado, no renuncio a hallar cuando menos una, y yendo como voy con tiempo, paso adelante dejando de lado la Plaza de Cervantes y camino por los soportales de la calle Mayor: funcionalidad de antaño sustentada sobre pilares de piedra berroqueña bajo los cuales encuentra refugio la librería «Diógenes». Pero no regreso sobre mis pasos sino que sigo adelante y torno a la plaza del insigne alcalaíno dando un rodeo por la calle de los Escritorios disfrutando de la calma perezosa que suelen despedir todas las ciudades los sábados por la mañana.

En uno de los lados de la plaza, semioculta, está la oficina de turismo municipal. Una mujer me da el mapa solicitado con el añadido de una hoja de horarios; responde a mis preguntas. Tras responderla de donde vengo, me despido dándole las gracias por su atención pragmática, no está exenta de cierta fría sequedad que parece comulgar con el día que se ha colado de rondón en la dependencia.

El objeto de mi visita era volver a visitar la exposición «Érase una vez Chemóbil», sobre todo para ver de nuevo y con más calma los videos de la misma. En Barcelona me fatigó sobremanera el esfuerzo para no perder el hilo mientras traducía mentalmente al castellano subtítulos en catalán, al tiempo que los sujetos hablaban en ruso o ucraniano; sin olvidar el chirriante sonido de hierros retorciéndose y sirenas aullando que podía escucharse de fondo en toda la exposición.

Exhibida en la iglesia de San José de Caracciolo, un espacio en rehabilitación para ser transformada en sala de teatro, en seguida me di cuenta que la exposición había sido reducida a lo más esencial en todos sus aspectos. Con todo volvió a impresionarme. De nuevo no pude evitar un estremecimiento ante todos esos carteles cuyo fondo blanco atravesado por una gruesa línea roja tachaban las negras letras cirílicas de las ciudades encuadradas dentro de la zona prohibida y que ocupaban prácticamente la totalidad de la portada interior en la que se recibía a los visitantes. Entre lo que eché de menos estaba el retrato de una pintora -cuyo nombre he olvidado- que fijó en los lienzos su sueño profético sobre el desastre y que, a pesar de todo, decidió permanecer en la zona prohibida. También se habían reducido las pantallas de las películas de Dovzhenko y Kosakovski que, por contraste, abrían y cerraban la exposición; además de suprimir se el espejo retrovisor para que uno no tuviera la oportunidad de dar la espalda al horror al alcanzar la salida.

Una salida liberadora que agradecí profundamente porque, con unas temperaturas por debajo de cero, el diseño de la estructura metálica que imponía el desapego del reactor despedía tal frío que fue capaz de traspasar la gruesa suela de mis zapatos, dejándome aterido que lo primero que hice una vez fuera fue entrar en el primer bar que encontré -tenía el curioso nombre de «La chimenea de las hadas»- y tomarme un café bien caliente para entrar en calor.

Después de eso sólo me quedó cumplir con mi particular tradición y tras comprarme un volumen de literatura japonesa en la librería de la calle Mayor, emprendí con paso lento el camino de regreso a la estación lamentando la mala pasada jugada por la memoria de la única vez que estuve por estos lares, y que me dejó el recuerdo de una ciudad dormitorio sin ningún encanto. ¿Qué Alcalá había visto yo entonces? ¿Tan ciego puede llegar a estar una persona?

En casa, a la hora de la sobremesa tomé un mapa de España y busqué aquel punto de la costa donde hasta hace bien poco la carretera que corría por encima de la central nuclear que un día aciago se decidió construir en aquel paraje -por debajo del nivel del mar-, estaba vigilada por torretas desde las cuales la guardia civil prohibía detenerse. A partir de allí, con una regla traté de trazar un área prohibida de treinta kilómetros de radio. El resultado no podía ser más desalentador: dejando de lado el Cantábrico desde Castro Urdiales al oeste, a Lequeitio por el este y Llodio y Durango por el sur prácticamente toda Vizcaya quedaba cercada en esa zona prohibida. Por fortuna Lemóniz nunca llegó a entrar en funcionamiento pero sigue ahí, convertida en amenaza latente, sin desmantelar a pesar de estar -según las malas lenguas- construida al revés.

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